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Juntas, en pie de lucha frente al sistema

Artículo redactado por Afroféminas.

¿Sería mucho más fácil la vida para mí, si mi piel fuera blanca y mi cabello liso? Esta es una de las tantas preguntas que las mujeres negras nos hacemos cuando nos enfrentamos constantemente al racismo, cuando entramos a lugares donde con la mirada, nos hacen saber que no somos bienvenidas, cuando buscamos trabajo.

Entonces nos dicen: “te ofrecemos el trabajo de cocinera, aunque seas secretaria”, “te contratamos si alisas tu cabello”, y en últimas escuchamos aquella frase tramposa: “Contratada, porque eres una negra hermosa, con facciones muy finas. Es que no pareces negra”. Y ahí es cuando me pregunto, ¿qué es ser negra y no parecerlo? y entonces caemos en ese sistema donde lo bello no se asocia sino con lo blanco, donde el racismo es permanente, donde nuestra belleza no es más que lo exótico y donde, sobre todo, predomina el deseo de cambiar todo nuestro cuerpo, de moldearnos a su imagen y semejanza, desde que somos niñas hasta que envejecemos.

Cuando somos niñas nos enseñan que nuestro cabello es desarreglado, que nuestros labios deberían ser más finos y nuestras narices más perfiladas, que nuestra piel es demasiado oscura o nuestras caderas demasiado anchas. Con el tiempo aprendemos que nuestra piel no es color piel, y que, si queremos recibir un mejor trato, conviene que nos alisemos el pelo.

Una madre afrodescendiente peina el cabello a su hija.

También asimilamos que para muches es aceptable que una empresa británica, decida vender sus muñecas blancas 10 euros más caras que aquellas que se parecen a nosotras, así como también lo es, que, en el fallido intento por combatir el racismo, el correo de España elija que las estampillas más económicas sean las que se asemejan a nuestras pieles y las más costosas, sean las más claras.

Acabamos aprendiendo que sólo no somos lo suficiente guapas, atractivas y bellas como nuestras compañeras blancas, sino que el mundo que habitamos nos muestra de muchísimas formas, que no sólo es una cuestión de belleza sino de valía. Nuestras características, nuestros rasgos y en distintos sentidos, aquello que determina nuestra identidad como mujeres negras, aparece como lo desagradable, pero también como lo inferior, como lo carente de valor. Y así es cómo nuestras historias se trazan desde ese lado, desde la posibilidad de reconocernos bellas y valiosas sólo en lo exótico y en lo extraño, porque parece que ser bellas, valiosas y a la vez ser negras se tratara de una absoluta contradicción.

Por eso la importancia de reconocernos, de sentirnos orgullosas de nuestros orígenes y nuestras raíces. Abrazar quienes somos es darle vuelta a todo, dar vuelta a los comentarios y a las propagandas racistas y machistas, que por años intentaron que odiemos quienes somos.

Reconocernos es aceptarnos, es entender que ni la escasa representación de nosotras, ni las burlas continuas a nuestro cabello, nuestra piel, nuestra nariz, nuestra boca y nuestros cuerpos, son frontera para restringir la fuerza y la valentía que llevamos dentro.

Reconocernos es reencontrarnos, es negarnos a los procedimientos que buscan cambiar nuestros rasgos y no hacernos sentir honradas de dónde venimos. Es volver a amigarnos con nosotras, es amarnos tal y cómo somos sin aspirar a pertenecer a ese sistema donde lo bello, sólo puede ser lo blanco.

Reconocernos es resistir, es estar en pie de lucha y es entender que, aunque no haya historias y cuentos con princesas y protagonistas similares a nosotras, nosotras somos nuestras propias referentas y nuestras madres y abuelas, nuestras propias heroínas.

 

Algunas referencias interesantes:


10/09/21